agosto 17, 2026
Talca, CL
Columnistas

¿Quién decide de qué podemos hablar, escribir o cantar?

Columna de opinión de Jaime González Sanhueza, Periodista y Gestor Cultural.

El libro Auschwitz, Colonia Dignidad y más… Historias de héroes y canallas, de Gabriel Rodríguez Bustos, debía ser presentado en el Museo O’Higginiano y de Bellas Artes de Talca.

La actividad fue suspendida.

Después de que el hecho generara polémica y repercusión pública, el seremi de las Culturas, las Artes y el Patrimonio del Maule, Pablo Amaro, entregó una declaración:

“Lamentamos la descoordinación ocurrida con el lanzamiento del libro y entregamos nuestras excusas al autor y a la comunidad afectada. Reafirmamos nuestro compromiso con el desarrollo y la difusión de iniciativas culturales, procurando que se realicen en condiciones que resguarden el adecuado funcionamiento institucional. Coordinaremos una nueva fecha para que el lanzamiento se pueda realizar prontamente”.

La respuesta existe.

La explicación, todavía no.

¿Qué significa exactamente “descoordinación”? ¿Qué ocurrió? ¿Quién tomó la decisión de suspender la actividad? ¿Por qué esa información no fue entregada desde un comienzo? ¿Y qué significa que una presentación cultural deba realizarse en condiciones que “resguarden el adecuado funcionamiento institucional”?

Son preguntas elementales.

Tal vez todo se reduzca a un serio problema de coordinación y comunicación. Sería deseable que así fuera.

Pero entonces basta con explicarlo.

Porque cuando una institución pública vinculada precisamente a la cultura suspende la presentación de un libro, la transparencia no es un detalle administrativo. Es parte del problema cultural.

Y entonces la pregunta se vuelve más amplia:

¿quién decide de qué podemos hablar, escribir o cantar?

No afirmo que aquí haya existido censura. Hacerlo sin conocer todos los antecedentes sería irresponsable. El propio seremi habla de una “descoordinación”, ofrece disculpas y anuncia que la presentación será reprogramada.

Pero tampoco corresponde utilizar esa palabra como punto final cuando todavía no sabemos qué ocurrió.

Auschwitz existió.

Colonia Dignidad existió.

No porque sean fenómenos equivalentes, sino porque ambos forman parte de una historia que todavía exige ser investigada, narrada, discutida y confrontada.

Primo Levi publicó Si esto es un hombre en 1947 después de sobrevivir a Auschwitz. No escribió para clausurar el pasado, sino para testimoniarlo.

Hannah Arendt publicó Eichmann en Jerusalén en 1963 y provocó una discusión que continúa hasta hoy sobre responsabilidad, obediencia y aquello que llamó la “banalidad del mal”.

Elie Wiesel narró en La noche, publicada originalmente en francés en 1958, su experiencia en Auschwitz y Buchenwald y la destrucción de su familia.

Esos libros no son importantes porque todos debamos estar de acuerdo con cada una de sus interpretaciones.

Son importantes porque pudieron ser escritos, publicados, discutidos y cuestionados.

Ahí está el punto.

Una democracia no necesita protegernos de las preguntas incómodas. Necesita garantizar que puedan formularse.

Michel Foucault recordó en El orden del discurso que el poder no actúa únicamente mediante la prohibición explícita. También interviene en los mecanismos que permiten, ordenan, seleccionan o restringen aquello que circula.

Eso no significa que toda decisión institucional sea censura.

No toda selección es censura.

No toda suspensión es censura.

No toda descoordinación es censura.

Pero toda decisión tomada desde una institución pública debe poder explicarse.

Especialmente cuando afecta a un libro.

Especialmente cuando ese libro aborda acontecimientos históricos dolorosos.

Especialmente cuando después de una polémica la explicación continúa siendo ambigua.

Si una obra contiene errores, se señalan.

Si una interpretación histórica es débil, se rebate.

Si un autor provoca desacuerdo, se discute con él.

Eso se llama debate.

El problema comienza cuando el silencio ocupa el lugar que deberían ocupar los argumentos.

Por eso esta discusión no debería reducirse a Pablo Amaro, Gabriel Rodríguez ni a una presentación suspendida en Talca.

Hay una pregunta anterior y mucho más importante.

¿Cuánto espacio estamos dispuestos a concederle a aquello que nos incomoda?

Porque la cultura no existe solamente para confirmar aquello que ya pensamos. También existe para perturbarnos, discutir nuestra memoria, revisar nuestras certezas y obligarnos a mirar aquello que preferiríamos dejar quieto.

Quizás finalmente todo haya sido una descoordinación.

Entonces que se explique.

Y mientras eso no ocurra con claridad, seguirá siendo legítimo preguntar:

¿quién decide de qué podemos hablar, escribir o cantar?

Jaime González Sanhueza
Periodista / Gestor Cultural

Reviewed by 1 user

    • 2 semanas ago

    Sobre presentación

    Una inquietante reflexión. Gracias Jaime por generar un análisis que va más allá de lo que uno podría pasar por alto, si no se esta atento. Habrá que observar el desenlace final de esta presentación y de otros próximos eventos culturales.

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