Columna de opinión. Fundadora y directora Prefiero el Maule
Hablamos mucho de éxito, de metas y de resultados. Pero pocas veces nos detenemos a pensar en lo verdaderamente profundo: el propósito.
El propósito no siempre aparece como una gran revelación. Muchas veces se esconde en lo cotidiano: en el abrazo que damos, en la palabra que alienta, en la decisión de levantarnos un día más y seguir intentando. Es esa voz interna que nos recuerda por qué hacemos lo que hacemos, incluso cuando nadie nos aplaude.
Hace cinco años mi vida dio un giro radical. No fue un proceso fácil ni inmediato; tuve que atravesar dudas, miedos y también caídas. Pero en medio de todo eso, poco a poco fui descubriendo lo que siempre había estado ahí: mi propósito. Desde entonces mi manera de mirar la vida cambió por completo. Ya no busco solo la felicidad pasajera; aprendí que cuando vives desde tu propósito, no eres simplemente feliz: eres plena, porque sabes que lo que haces tiene sentido y aporta algo a los demás.
Con los años he aprendido que el propósito no es un destino final, sino un camino que vamos construyendo. Cambia, se transforma, madura con nosotros. Y cuando logramos alinearlo con nuestras acciones, algo se enciende: sentimos que lo que hacemos tiene sentido, que impacta más allá de nosotros mismos.
En el mundo del emprendimiento, muchas veces creemos que el propósito se mide en números o en ventas. Pero el verdadero propósito es lo que sostiene el alma del proyecto: la convicción de que lo que ofrecemos mejora la vida de alguien más.
Vivir con propósito no significa tener todas las respuestas, sino tener claro el para qué. Porque cuando lo sabemos, los cómo y los cuándo se acomodan solos.
Mi invitación es simple: busca tu propósito en lo pequeño, porque allí está la raíz de lo grande.
María Pía Yovanovic Casale
Fundadora y directora Prefiero el Maule


