Las historias del Maule tienen voz propia. Este festival es una invitación a escucharlas, compartirlas y escribir las que aún están por venir.

Columna de opinión de Alejandra Moya Díaz, Directora Artística Festival Maulino de Mujeres y Literatura Pasadas Pa’ la Pluma 2026.
La literatura escrita por mujeres durante los siglos XX y XXI ha generado un espacio propio que excede la noción planteada por Virginia Woolf. Más que un cuarto propio, la escritura autobiográfica y testimonial de mujeres se ubica «al lado»: un lugar intersticial donde lo personal se entrelaza con lo colectivo, lo íntimo con lo político, y donde la voz de quienes históricamente fueron silenciadas emerge con fuerza.
En tiempos donde pareciera que todo ocurre cada vez más rápido, detenerse a escuchar una historia puede convertirse en un acto de resistencia. Escuchar a una mujer narrar la memoria de su familia, a una niña leer por primera vez un poema propio o a una comunidad reconstruir su historia a través de palabras y telas es una forma de resguardar aquello que nos constituye.
El género testimonial, que cobra fuerza en América Latina durante el siglo XX, constituye una forma de escritura capaz de articular lo personal y lo político, donde el testimonio femenino puede convertirse en un acto de resistencia y denuncia, una forma de inscribir en el texto aquello que las instituciones oficiales han borrado o invisibilizado.
Desde esta perspectiva, el testimonio cuestiona la noción de verdad documental. No se limita a narrar hechos, sino que busca construir un espacio de interlocución política. En las escrituras femeninas, este gesto es doblemente significativo: no solo da voz a comunidades marginadas, sino que además reivindica la posibilidad de las mujeres de constituirse como sujetos legítimos de enunciación.
Muchas autoras escriben desde posiciones de desventaja social, de silenciamiento o de exclusión, lo que obliga a preguntarse si es posible comprender la experiencia del otro —o de una mujer-personaje— mediante categorías tradicionales que privilegian la objetividad. La academia, con frecuencia, se queda corta en su análisis, pues intenta encasillar estas escrituras en géneros fijos o modelos narrativos lineales, sin dar cuenta de su carácter híbrido y transformador.
La autobiografía femenina rompe esas fronteras al integrar recursos de la ficción, la memoria oral, el testimonio y la reflexión crítica. La voz femenina no busca únicamente narrar una vida: la reescribe, la resignifica y, en ese acto, se abre a la posibilidad de ser escuchada por otros.
No puedo dejar de destacar, en este contexto, a la escritora chilena Adriana Bórquez Adriazola, quien vivió sus últimos años en la ciudad de Talca, sobreviviente de la dictadura militar en Chile y autora de Un Exilio. En esta obra ofrece una escena que sintetiza la potencia del testimonio autobiográfico que les invito a revisar. Entonces, la escritura autobiográfica femenina en América Latina, más que el cuarto propio que reclamaba Virginia Woolf, hace emerger un espacio donde la escritura se vuelve acto de memoria y de justicia.
Es precisamente desde esa comprensión de la escritura como memoria compartida, como herramienta de resistencia y como espacio de encuentro, que surge el Festival Maulino de Mujeres y Literatura Pasadas Pa’ la Pluma.
El festival nace de la convicción de que la literatura no es únicamente un conjunto de libros ni un espacio reservado para especialistas. La literatura es también una práctica comunitaria, una forma de encuentro y una herramienta para preservar la memoria de los territorios habitados por mujeres.
La Región del Maule posee una vasta tradición de relatos, saberes populares, cantoras, poetas, artesanas, educadoras y mujeres que han transmitido historias de generación en generación. Recuperarlas, ponerlas en diálogo y reconocer su valor constituye uno de los principales desafíos que asumimos como festival.
En esta segunda versión, Pasadas Pa’ la Pluma recorrerá diversas comunas del Maule, acercando actividades literarias, artísticas y de mediación cultural a comunidades urbanas y rurales. Más que un evento cultural, busca ser un espacio donde las mujeres puedan reconocerse como creadoras de memoria, donde las comunidades se encuentren alrededor de sus propias historias y donde la lectura vuelva a ocupar un lugar central en la vida cotidiana.
Porque escribir es recordar. Leer es escuchar. Compartir nuestras historias sigue siendo una de las formas más profundas de construir comunidad y de imaginar futuros posibles.
En cada relato, en cada poema, en cada testimonio y en cada memoria recuperada, las mujeres del Maule continúan ampliando ese espacio que Virginia Woolf soñó hace casi un siglo. No solo un cuarto propio, sino una casa abierta donde las palabras circulan, se encuentran y permanecen.



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