Columna de opinión de Jaime González Sanhueza, Periodista y Gestor Cultural.

La noticia partió bajo tierra, como corresponde a las cosas que todavía tienen algo de mito popular. Los Tres sorprendieron a los pasajeros del Metro de Santiago con una presentación en la estación Baquedano para anunciar la celebración de los 30 años de su histórico MTV Unplugged. La banda, integrada nuevamente por Álvaro Henríquez, Ángel Parra, Roberto “Titae” Lindl y Francisco “Pancho” Molina, confirmó dos conciertos en el Movistar Arena para revivir íntegramente aquel álbum que marcó un antes y un después en la historia del rock chileno.
No es un regreso cualquiera. Es la celebración de un disco que, treinta años después, sigue siendo una de las obras más importantes de la música popular chilena.
Grabado el 14 de septiembre de 1995 en Miami y publicado en abril de 1996, el MTV Unplugged de Los Tres fue la primera producción de una banda chilena dentro del prestigioso formato de MTV. Producido por Joe Blaney y acompañado por dos enormes músicos nacionales, Cuti Aste y Antonio Restucci, el concierto demostró que una banda de rock podía sonar íntima, elegante y profundamente chilena sin perder un gramo de intensidad.
Su historia, además, posee un trasfondo que pocas veces se recuerda. Antes de Los Tres, el MTV Unplugged había sido ofrecido a La Ley. Incluso comenzaron a trabajar en ese proyecto, pero la muerte de Andrés Bobe, en abril de 1994, interrumpió para siempre ese camino. El destino quiso que fuera finalmente Los Tres quienes ocuparan ese espacio, escribiendo uno de los capítulos más importantes de la música chilena.
Lo verdaderamente extraordinario ocurrió cuando la banda decidió no viajar a Miami para parecerse a nadie. En lugar de internacionalizar su sonido, internacionalizó su identidad.
Mientras gran parte del rock de mediados de los noventa seguía la estela del grunge y las guitarras saturadas, Álvaro Henríquez, Ángel Parra, Titae Lindl y Pancho Molina hicieron exactamente lo contrario: bajaron el volumen para subir la profundidad de las canciones.
También hay que escuchar este disco desde otra clave: la del foxtrot y cierta tradición británica de guitarras limpias, melódicas y precisas. Álvaro Henríquez nunca escondió su admiración por The La’s, la banda de Liverpool que publicó un único álbum en 1990 y que dejó una huella enorme en el pop británico. Esa manera de construir canciones sencillas, acústicas y luminosas dialoga naturalmente con el universo musical de Los Tres.
Pero Henríquez hizo algo aún más difícil: tomó esa sensibilidad inglesa y la mezcló con Roberto Parra, con el foxtrot chileno, con la cueca brava, con el jazz y con el bolero. No imitó una influencia extranjera; la convirtió en una voz propia. El resultado fue una banda imposible de confundir con cualquier otra.
La sección dedicada a las cuecas fue, probablemente, el momento más brillante de todo el concierto. “El arrepentido”, “La vida que yo he pasado” y especialmente “Quién es la que viene allí” demostraron que la música popular chilena podía subir al escenario más importante de Latinoamérica sin complejos. Lo que para muchos extranjeros era un ritmo completamente desconocido terminó siendo recibido con el entusiasmo reservado para los grandes clásicos del rock and roll. Fue un momento de enorme dignidad cultural: Chile no fue a copiar al mundo; fue a mostrarle parte de su alma.
El concierto también regaló una de las grandes canciones del grupo: “Traje desastre”, tema inédito que con los años se transformó en un clásico del repertorio de Los Tres. Su videoclip fue dirigido por Germán Bobe, uno de los realizadores fundamentales del rock chileno y hermano de Andrés Bobe, estableciendo, casi sin proponérselo, un puente simbólico entre dos historias esenciales de nuestra música.
Quizás por eso este disco envejeció tan bien. Sigue sonando fresco. Sigue respirando foxtrot, cueca, jazz, bolero, pop británico y rock chileno con una naturalidad que muy pocos álbumes han conseguido conservar durante tres décadas.
La reciente reunión de la formación original confirma que aquellas canciones siguen teniendo sentido. No se trata solamente de un ejercicio de nostalgia. Se trata de volver a escuchar una obra que redefinió la identidad del rock chileno y que, con toda justicia, merece estar entre los mejores MTV Unplugged realizados en la historia del formato.
Ojalá esta celebración no quede solamente en Santiago. Ojalá también llegue a alguna sala de la Región del Maule. Porque hay conciertos que uno disfruta, pero existen otros que es necesario volver a vivir.
Treinta años después, el MTV Unplugged de Los Tres sigue recordándonos que la modernidad nunca estuvo reñida con las raíces y que una guitarra desenchufada puede sonar mucho más fuerte que cualquier amplificador.
Jaime González Sanhueza
Periodista / Gestor Cultural



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