Columna de opinión de Jaime González Sanhueza, Periodista y Gestor Cultural.

Hay una ventaja de ser anónimo a los 24 años que uno descubre recién cuando deja de tenerlos: casi nadie está mirando.
A esa edad podemos cambiar de amigos, terminar una relación, vestirnos de una manera que después nos avergüence, sostener ideas que cinco años más tarde abandonaremos o simplemente no saber todavía quiénes queremos ser. Crecer consiste también en eso: ensayar versiones de nosotros mismos y permitir que algunas desaparezcan sin dejar demasiadas huellas.
Kidd Voodoo vive exactamente el fenómeno contrario.
David León tiene 24 años y atraviesa aquella edad incierta mientras miles de personas observan cada movimiento. En pocos años pasó de ser un joven que hacía música con amigos a convertirse en uno de los artistas más convocantes de Chile. Llenó doce veces el Movistar Arena, agotó su primer Estadio Monumental y llevó su música fuera del país. El sueño ocurrió rápido. Quizás demasiado rápido para cualquier biografía.
Pero su historia resulta más interesante cuando uno deja de mirar solamente las cifras.
Antes de Kidd Voodoo estuvo el rock. David León tocó con Resonancia Etérea, una banda formada junto a amigos, y creció escuchando a Los Bunkers, Los Prisioneros, Radiohead, Oasis y Arctic Monkeys. Luego llegó la pandemia, comenzó a experimentar con sonidos urbanos y apareció el personaje que terminaría transformando su vida.
Sus discos permiten seguir ese crecimiento.
Pa los sátiros, Vol. 1 todavía pertenece claramente al territorio urbano que lo convirtió en fenómeno. Luego vinieron Los rompecorazones, Vol. 2 y Satirología, Vol. 3, donde las fronteras comenzaron a hacerse menos nítidas. Finalmente aparece Euforia, un álbum donde el reguetón deja de ocupar el centro y aparecen el pop, las guitarras, la balada y colaboraciones con músicos provenientes de universos distintos.
Es curioso: mientras Kidd Voodoo se hace más famoso, David León parece intentar acercarse nuevamente a sí mismo.
Por eso su relación con Los Bunkers no parece casual.
“Nada nuevo bajo el sol” fue una de las canciones que aprendió cuando comenzaba a tocar guitarra. Muchos años después terminó interpretándola junto a la propia banda en el Festival de Viña. Luego vino “Debo aterrizar”, grabada en conjunto, y otras apariciones compartidas.
Hay allí algo más profundo que una colaboración entre artistas.
Kidd Voodoo creció escuchando a Los Bunkers y, mientras tanto, los hijos de aquella generación comenzaron a escuchar a Kidd Voodoo. La música chilena produjo silenciosamente un puente.
Incluso su versión de “Ángel para un final” tiene algo de esa genealogía. Kidd Voodoo llegó a la canción de Silvio Rodríguez después de conocer la interpretación de Los Bunkers. Silvio pasó a Los Bunkers; Los Bunkers, a Kidd Voodoo; y Kidd Voodoo probablemente llevará esa canción hacia jóvenes que nunca antes habían escuchado al trovador cubano.
Así funciona también la memoria musical.
Quizás por eso resulte cada vez menos útil seguir preguntando si Kidd Voodoo pertenece al reguetón, al pop o al rock. Su generación escucha de otra manera. Puede convivir dentro de una misma lista de reproducción con Bad Bunny, Los Bunkers, Radiohead o Silvio Rodríguez sin experimentar ninguna contradicción.
Tal vez somos nosotros quienes todavía necesitamos las etiquetas.
Y allí vuelve a aparecer el problema de crecer.
Porque crecer también significa abandonar las identidades demasiado cómodas. Si Kidd Voodoo quisiera, podría probablemente continuar repitiendo durante años la fórmula que lo convirtió en una estrella. Pero Euforia parece insinuar otra cosa: la necesidad de probar, cambiar, equivocarse incluso.
Exactamente aquello que hacemos todos a los 24 años.
Con una diferencia.
La mayoría tuvimos el privilegio de hacerlo en silencio.
David León deberá descubrir quién quiere ser mientras Kidd Voodoo continúa cantando delante de miles de personas.
Quizás ese sea, finalmente, el verdadero costo de crecer.
Jaime González Sanhueza
Periodista / Gestor Cultural



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