agosto 30, 2026
Talca, CL
Columnistas

Es otra noche más: 40 años de Pateando piedras, con Claudio Narea

Columna de opinión de Jaime González Sanhueza, Periodista y Gestor Cultural.

Son las nueve de la noche y estoy sentado con Claudio Narea en los camarines de Bahía Juárez, en Talca. En algunos minutos saldrá a tocar acústicamente junto a su hijo Daniel. Sobre la mesa está Pateando piedras. Cuarenta años después, la conversación inevitablemente vuelve a 1986.

El disco apareció el 15 de septiembre de 1986. Era el segundo álbum de Los Prisioneros y llegaba después del impacto de La voz de los 80. Jorge González tenía apenas 21 años. Chile seguía bajo dictadura y, apenas ocho días antes, había ocurrido el atentado contra Augusto Pinochet en el Cajón del Maipo. Pateando piedras apareció, entonces, en uno de los momentos de mayor tensión política de aquel año.

Pero no fue solamente un disco de contingencia. Chile estaba cambiando económica y culturalmente: modernización, desempleo, desigualdad, consumo, educación como promesa de ascenso social. Los Prisioneros comenzaron a ponerle música a las grietas que quedaban debajo de esas palabras.

Claudio recuerda aquellos años entre protestas, fogatas, disparos y militares. Una noche, mientras grababan precisamente este disco, regresaba a San Miguel con su guitarra cuando fue detenido por militares. Le hicieron abrir el estuche. Más adelante volvieron a interceptarlo y uno le ordenó correr. Corrió pensando que podían dispararle por la espalda.

El contexto importa porque Pateando piedras no nació separado del país que lo rodeaba.

Los Prisioneros venían de La voz de los 80, pero Jorge González no quería repetir la fórmula. Entraron sintetizadores, secuenciadores y cajas de ritmos. Claudio recuerda la influencia de Depeche Mode y Kraftwerk; Miguel Tapia ha mencionado también a Yazoo, New Order y Gary Numan.

El punk comenzaba a encontrarse con las máquinas.

Y allí aparece una de las grandes paradojas del disco: Los Prisioneros utilizaron las máquinas asociadas a la modernización para cuestionar las consecuencias de esa misma modernización.

“Muevan las industrias” quizá sea el ejemplo más evidente. Jorge la imaginó mientras viajaba en Metro hacia la universidad. Años atrás, durante una sobremesa que tuve con él, me explicó algo que todavía recuerdo: la canción nacía también de mirarse hacia adentro, no solamente de observar lo que ocurría afuera. La industria detenida podía ser el país, pero también uno mismo.

“¿Por qué no se van?” apunta hacia otra obsesión chilena: la fascinación por lo extranjero y cierta vergüenza de pertenecer a este lugar.

Después está “El baile de los que sobran”.

Para Claudio sigue siendo la canción más importante de Los Prisioneros. La expresión “pateando piedras”, recuerda, existía antes del álbum. Miguel Tapia solía decirla cuando caminaban por San Miguel. Una frase cotidiana terminó convertida por Jorge González en una metáfora de exclusión social.

Pero reducir el disco a “El baile” sería simplificarlo.

“Estar solo” entra en el territorio íntimo. “Quieren dinero” muestra al dinero como medida del deseo, del prestigio y de las relaciones humanas. “¿Por qué los ricos?” formula con una sencillez casi infantil una pregunta que atraviesa toda sociedad desigual. “Una mujer que no llame la atención” introduce el machismo desde la propia voz del machista.

Y está también “Exijo ser un héroe”, que esa misma noche Claudio vuelve a tocar en Bahía Juárez en uno de los pasajes más íntimos de su presentación. Después también sonará “El baile de los que sobran”.

Ese contraste dice bastante del álbum. Puede pasar de la intimidad de un individuo que exige ser héroe a una multitud entera descubriendo que ha quedado fuera del baile.

Pateando piedras habla entonces del trabajo, la educación, el dinero, la soledad, el machismo, la desigualdad y la dependencia cultural. No solamente describía el Chile de 1986. También preguntaba qué tipo de sociedad estaba construyéndose y qué tipo de personas estaba produciendo.

Claudio sostiene que este fue el álbum que terminó de convertir a Los Prisioneros en una banda realmente importante, primero en Chile y luego fuera del país. Años después definiría el legado del grupo como una semilla que siguió creciendo: música, actitud y una determinada forma de mirar el mundo.

Hay otro punto suyo fundamental para entender la vigencia del grupo. Las canciones no sobreviven solamente porque algunos de los problemas sociales continúen presentes. Sobreviven porque también son buenas canciones: melodías capaces de emocionar y letras donde alguien puede reconocer algo que ya estaba pensando.

Ahí posiblemente esté la diferencia entre una consigna y una obra.

Y hay algo que me llama especialmente la atención mirando al público de Claudio hoy: llegan adultos mayores con sus hijas, hijos, nietas y nietos; también adolescentes y niños. Varias generaciones reunidas alrededor de canciones que muchos de ellos ni siquiera habían nacido cuando fueron escritas.

En ese sentido, quizás Los Prisioneros sean nuestros Beatles. No por comparar estilos ni dimensiones globales, sino por algo más difícil de conseguir: lograr que una banda deje de pertenecer a su generación y pase a pertenecer también a las siguientes.

Esa noche ocurre una pequeña escena que lo demuestra mejor que cualquier teoría.

El joven que nos atiende en el camarín lleva un buen rato moviéndose discretamente entre nosotros. Es tímido, habla poco. Después de un rato termina confesando que es fanático de Los Prisioneros y que había pedido especialmente la oportunidad de estar allí para conocer a Claudio.

Entonces saca su guitarra y un disco.

Nos reímos todos.

Había pasado buena parte de la noche tratando de encontrar la manera de acercarse a él sin atreverse a hacerlo.

Ese muchacho ni siquiera había nacido cuando Pateando piedras apareció.

Y, sin embargo, estaba ahí.

La portada también tiene su propia historia. Jorge González, Claudio Narea y Miguel Tapia aparecen viajando en la Línea 2 del Metro, fotografiados por Jorge Brantmayer. Pero existen dos imágenes casi idénticas. En una Claudio aparece sonriendo; en otra, tomada casi en el mismo instante, aparece serio. Una fotografía se perdió, fue reemplazada y después reapareció.

Hasta la portada parece jugar con la memoria.

En 2019, “El baile de los que sobran” volvió masivamente a las calles. Una generación que ni siquiera había nacido en 1986 volvió a cantar aquellas palabras. Cuarenta años después, esa persistencia obliga a una pregunta incómoda: ¿celebramos la extraordinaria vigencia de Pateando piedras o lamentamos la extraordinaria vigencia de varias de las cosas que denunció?

Con Claudio inevitablemente terminamos hablando de Jorge.

Durante el estallido social, me cuenta, hubo una posibilidad real de volver a conversar. Jorge habría estado dispuesto a un acercamiento. Según la versión que Claudio me relata esa noche, una mala comunicación, en la que intervino Miguel Tapia, terminó frustrando aquello antes de que llegara a concretarse.

Hoy lo ve difícil.

Muy difícil.

Pero no imposible.

Entonces le cuento la historia de los Ramones. Joey y Johnny prácticamente dejaron de hablarse durante años, aunque siguieran tocando juntos. Joey murió en 2001. Dee Dee en 2002. Johnny en 2004. En pocos años, aquella banda que parecía eterna había desaparecido casi completamente.

Claudio asiente. Recuerda que, efectivamente, los Ramones murieron todos en un período muy breve.

Daniel interviene entonces. Quizás por eso, dice, sería bueno que alguna vez existiera ese encuentro con Jorge.

Nadie responde demasiado.

La idea queda flotando.

No como anuncio de una reunión de Los Prisioneros, porque eso sería exagerar lo que se habló, sino como algo bastante más humano: dos personas que compartieron una parte decisiva de sus vidas y que quizás algún día podrían volver a sentarse frente a frente.

Entonces alguien abre la puerta del camarín.

Hay que subir al escenario.

La conversación termina ahí.

Y la posibilidad también queda ahí, suspendida.

Jaime González Sanhueza
Periodista / Gestor Cultural

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